- Título: El hijo (The Son)
- Año de producción en México: 2026
- Género: Drama
- Dramaturgia: Florian Zeller
- Dirección: René Pereyra
- Traducción: Fernando Masllorens y Federico González del Pino
- Producción ejecutiva: Ana González Martínez
- Colaboración: The Liminal Studios
- Teatro: Sala A de La Teatrería
- Ubicación: Tabasco 152, colonia Roma Norte, Ciudad de México
- Temporada: Del 16 de octubre al 6 de diciembre de 2026
- Duración aproximada: 120 minutos
- Clasificación: Adolescentes y adultos
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Elenco y personajes
- Marcus Ornellas — Pedro (padre)
- Emiliano Velarde — Nicolás (hijo)
- Alejandra Ambrosi — Sofía (pareja de Pedro)
- Marían Inés Pintado — Ana (madre de Nicolás)
- Aurora Gil — Ana (alterna funciones)
- Eduardo Cándas — Doctor
- Vlad Grajales — Vicente (enfermero)
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Horarios de funciones
- Viernes: 20:30 horas
- Sábados: 20:00 horas
- Domingos: 18:00 horas
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Boletos
- Precios regulares publicados: $640 y $800 MXN.
- Venta: Taquilla de La Teatrería y plataformas oficiales de boletaje.
Los horarios, precios y funciones pueden estar sujetos a cambios por parte de la producción.
Sinopsis: Nicolás es un adolescente que atraviesa una profunda crisis emocional. Su comportamiento ha cambiado, ha dejado de asistir a la escuela y cada vez le resulta más difícil comunicarse con su familia.
Ante esta situación, decide mudarse con su padre, Pedro, quien intenta rehacer su vida junto a su nueva pareja y un bebé. Sin embargo, lo que parece una oportunidad para recuperar la estabilidad familiar se convierte en un desafío emocional cuando sus padres descubren que el sufrimiento de Nicolás es mucho más profundo de lo que imaginaban.
Escrita por Florian Zeller, El hijo es una conmovedora obra que aborda la depresión adolescente, las relaciones familiares, la falta de comunicación y la importancia de reconocer cuándo una persona necesita ayuda.

¿Qué sucede cuando una familia descubre que el amor, por más profundo que sea, no siempre basta para salvar a alguien que está sufriendo?
Hablar de salud mental nunca ha sido sencillo. Aunque en los últimos años el cine, la televisión y otras expresiones artísticas han abordado con mayor frecuencia temas como la depresión y la ansiedad, todavía existen prejuicios, silencios y dificultades para comprender lo que atraviesan quienes viven estas situaciones.
Por eso, regresar al teatro para encontrarnos con una historia como El hijo resulta una experiencia particularmente importante.
La obra del dramaturgo francés Florian Zeller llegó a la Sala A de La Teatrería, en la Ciudad de México, bajo la dirección de René Pereyra, con un elenco encabezado por Marcus Ornellas y Emiliano Velarde.
Sin embargo, esta historia tiene una particularidad que despertó mi interés desde el primer momento: ya había tenido la oportunidad de conocerla a través de su adaptación cinematográfica de 2022, dirigida por el propio Zeller y protagonizada por Hugh Jackman.
Así que, además de analizar la puesta en escena, vale la pena realizar una comparación entre ambas versiones, especialmente porque comparten una misma historia, pero utilizan recursos completamente diferentes para transmitir sus emociones.

Una familia que intenta comprender lo incomprensible
El hijo nos presenta a Nicolás, un adolescente que atraviesa una profunda crisis emocional y que comienza a mostrar señales de que algo no está bien en su vida.
Sus problemas escolares, su aislamiento y las dificultades para relacionarse con su madre lo llevan a tomar la decisión de mudarse con su padre, quien ha formado una nueva familia.
En esta versión teatral, Marcus Ornellas interpreta a Pedro, un hombre que intenta comprender qué está sucediendo con su hijo y que, pese a sus esfuerzos, no consigue encontrar una respuesta clara.
Por su parte, Emiliano Velarde da vida a Nicolás, un joven que lucha diariamente contra sentimientos y pensamientos que parecen superar su capacidad para continuar con su vida cotidiana.
A su alrededor encontramos a Ana, su madre, interpretada por Marían Inés Pintado o Aurora Gil, quienes alternan funciones, y a Sofía, la nueva pareja de Pedro, interpretada por Alejandra Ambrosi.
Lo que inicialmente parece un conflicto relacionado con el divorcio, la adolescencia y los cambios familiares termina revelando una situación mucho más compleja.
La historia nos muestra cómo los padres intentan encontrar explicaciones para el comportamiento de Nicolás, mientras él enfrenta un sufrimiento que no siempre consigue expresar con palabras.
Y aquí encontramos uno de los mensajes más importantes de la obra: la depresión no necesariamente puede resolverse con consejos, buenas intenciones o demostraciones de cariño.
Es una situación que requiere comprensión, acompañamiento y, en muchos casos, atención profesional especializada.

Del cine al teatro: dos maneras de contar el mismo dolor
Uno de los aspectos más interesantes de esta puesta en escena es la posibilidad de compararla con la película The Son, estrenada en 2022.
En aquella adaptación, Hugh Jackman interpreta a Peter, el padre de Nicolás, mientras que Zen McGrath da vida al adolescente.
El reparto también incluye a Laura Dern como Kate, la madre; Vanessa Kirby como Beth, la nueva pareja de Peter; y Anthony Hopkins en una participación que permite profundizar en las relaciones familiares.
En la versión mexicana, algunos personajes reciben nombres diferentes, pero los conflictos centrales se mantienen.
La diferencia más importante, desde mi perspectiva, se encuentra en la manera en que cada formato construye y transmite el peso emocional de la historia.
En el cine contamos con primeros planos, movimientos de cámara, cambios de locación y una edición que permite enfatizar los sentimientos de los personajes.
Una mirada, un silencio o un gesto pueden adquirir una fuerza particular cuando la cámara se acerca al rostro de un actor y nos permite observar hasta el más pequeño detalle de su interpretación.
En El hijo, estos recursos cinematográficos contribuyen a que la angustia de Nicolás y la impotencia de su padre resulten especialmente intensas.
La película también permite explorar distintos momentos de la vida familiar, incluyendo recuerdos de la infancia de Nicolás, que ayudan a construir un contraste entre el pasado y el presente.
En cambio, el teatro debe transmitir estas emociones mediante la presencia física de los actores, sus movimientos, sus diálogos y su capacidad para conectar directamente con el espectador.
Y es precisamente ahí donde encontramos tanto las fortalezas como las limitaciones de esta adaptación escénica.

El peso de las actuaciones sobre el escenario
La producción dirigida por René Pereyra apuesta por una propuesta íntima, en la que los intérpretes sostienen gran parte de la intensidad dramática.
La escenografía y el espacio reducido concentran nuestra atención en los conflictos familiares y en las conversaciones que van revelando el estado emocional de Nicolás.
En este apartado, considero importante reconocer el trabajo del elenco.
Marcus Ornellas y Emiliano Velarde consiguen construir una relación marcada por la frustración, el desconcierto y el sufrimiento, transmitiendo las dificultades de un padre que desea ayudar y de un hijo que no encuentra la manera de explicar lo que siente.
Los actores logran imprimir una carga emocional considerable a sus personajes, especialmente durante los momentos en los que las discusiones familiares dejan al descubierto la distancia que existe entre lo que Nicolás necesita y lo que los adultos creen que puede ayudarlo.
El trabajo actoral merece reconocimiento, porque sostener una historia de estas características sobre un escenario requiere sensibilidad, concentración y una importante entrega emocional.
No obstante, al compararla con la película, considero que la versión cinematográfica consigue transmitir con mayor contundencia determinados momentos de ansiedad, aislamiento y desesperación.
Esto no significa que las actuaciones teatrales sean deficientes. Por el contrario, cumplen con la intensidad que exige la historia.
Sin embargo, la película dispone de herramientas visuales y narrativas que amplifican el dramatismo y permiten acercarnos de una manera más directa al mundo emocional de Nicolás.
En el escenario, esa sensación depende casi por completo de las interpretaciones, lo que provoca que algunas secuencias no alcancen el mismo impacto que recuerdo de la versión cinematográfica.
Aun así, la cercanía con los actores ofrece una experiencia diferente: observar cómo se desarrolla el conflicto en tiempo real, sin cortes de edición ni posibilidades de repetir una escena.

Una historia que también habla de los padres
Aunque Nicolás es el personaje que enfrenta la crisis emocional más profunda, El hijo también nos invita a observar el conflicto desde la perspectiva de su padre.
Pedro intenta encontrar respuestas, pero constantemente interpreta el comportamiento de su hijo a partir de sus propias experiencias y expectativas.
En ocasiones cree que se trata de una etapa pasajera, de un problema sentimental o de alguna dificultad que podría resolverse recuperando una rutina aparentemente normal.
Sin embargo, conforme avanza la historia, resulta evidente que la situación es mucho más delicada.
Este es uno de los elementos que considero más valiosos de la obra: nos recuerda que querer ayudar a alguien no significa necesariamente comprender lo que está viviendo.
También plantea una reflexión sobre las expectativas que los adultos depositan en sus hijos y la dificultad que puede existir para aceptar que una persona necesita una ayuda distinta de la que estamos acostumbrados a ofrecer.
El conflicto no consiste simplemente en buscar culpables.
La separación de los padres, las tensiones familiares y las dificultades de comunicación forman parte de la historia, pero reducir la depresión de Nicolás a una sola causa sería simplificar un problema mucho más complejo.
La obra nos invita a cuestionarnos si realmente escuchamos a quienes tenemos cerca o si, en ocasiones, estamos tan concentrados en encontrar soluciones que dejamos de prestar atención a lo que intentan decirnos.

Cuando el amor necesita acompañarse de comprensión y ayuda
Uno de los aspectos más difíciles de El hijo es la manera en que aborda la depresión, las autolesiones y el riesgo suicida.
Son temas delicados que, desafortunadamente, continúan rodeados de estigmas y desinformación.
La historia no ofrece respuestas sencillas ni presenta el sufrimiento emocional como algo que pueda superarse únicamente mediante la voluntad.
Por el contrario, nos confronta con la impotencia de una familia que intenta actuar de la mejor manera posible, pero que no siempre sabe cómo hacerlo.
Y esto resulta especialmente importante porque el amor, la esperanza y la compañía familiar pueden ser fundamentales, pero no sustituyen la atención profesional cuando existe un problema de salud mental.
Tanto la película como la puesta en escena nos recuerdan que escuchar, reconocer las señales de alerta y buscar ayuda a tiempo son acciones que deben tomarse en serio.
También nos dejan una pregunta difícil: ¿qué habríamos hecho nosotros en una situación semejante?
No se trata de juzgar a los personajes desde la comodidad de nuestra butaca, sino de reconocer que comprender el sufrimiento de otra persona puede ser mucho más complicado de lo que imaginamos.

¿Qué versión de El hijo consigue conmover más?
Después de conocer ambas adaptaciones, considero que las dos cumplen con el objetivo de transmitir una historia dolorosa y necesaria.
La versión teatral tiene a su favor el compromiso de sus intérpretes, la cercanía con el público y la posibilidad de experimentar el conflicto familiar directamente sobre el escenario.
Es una producción que merece reconocimiento por abordar un tema complejo y por exigir un trabajo emocional importante de su elenco.
Sin embargo, si tuviera que elegir cuál de las dos versiones me produjo un mayor impacto, me quedaría con la película de 2022.
La dirección de Florian Zeller, las interpretaciones de Hugh Jackman y Zen McGrath, los recursos visuales y la construcción de determinadas secuencias consiguen transmitir con mayor intensidad la angustia de Nicolás y el desconcierto de su padre.
La película permite desarrollar ciertos momentos con una profundidad visual que, en mi opinión, fortalece el peso dramático de la historia.
Eso no resta mérito al montaje mexicano.
Al contrario, considero que la obra logra sostenerse gracias a su elenco y ofrece una experiencia valiosa para quienes desean conocer esta historia desde una perspectiva diferente.
Si lo lleváramos a una valoración numérica, la película se acercaría al 10 y la puesta en escena al 9, no porque exista una diferencia enorme de calidad, sino porque el lenguaje cinematográfico consiguió conmoverme con mayor fuerza.

Una obra que vale la pena ver y reflexionar
El hijo es una historia que nos invita a hablar de aquello que muchas veces preferimos evitar.
Nos recuerda que la depresión no es un juego, que los problemas de salud mental deben tomarse en serio y que, aunque las familias puedan ofrecer amor y acompañamiento, también es necesario reconocer cuándo se requiere ayuda especializada.
La puesta en escena dirigida por René Pereyra consigue trasladar este mensaje al teatro mediante un trabajo actoral sólido y una propuesta que apuesta por la intensidad de las relaciones humanas.
Aunque personalmente considero que la adaptación cinematográfica tiene un mayor impacto emocional, recomiendo ampliamente acercarse a esta versión teatral, especialmente porque permite experimentar una misma historia desde otro lenguaje artístico.
Y si ya vieron la película de 2022, la experiencia puede resultar todavía más interesante al comparar las interpretaciones, los espacios y las distintas maneras de construir el drama.
La obra se presenta en La Teatrería, ubicada en Tabasco 152, colonia Roma Norte, Ciudad de México, con temporada programada hasta el 6 de diciembre de 2026.
Las funciones son los viernes a las 20:30 horas, sábados a las 20:00 horas y domingos a las 18:00 horas.
En conclusión, El hijo es una experiencia teatral intensa, sensible y necesaria que, aunque no alcanza para mí la misma fuerza emocional de su adaptación cinematográfica, merece ser vista por la importancia de su mensaje y el compromiso de sus intérpretes.
Porque, al final, esta historia no solamente habla de un adolescente que sufre, sino también de una familia que intenta comprenderlo y de una sociedad que todavía necesita aprender a escuchar.
La salud mental importa, y hablar de ella también puede ser el primer paso para ayudar a alguien.

