La Arena Ciudad de México recibió el pasado domingo 17 de mayo una auténtica noche de rock urbano. Desde antes de las 8 de la noche, los alrededores del recinto ya mostraban el ambiente clásico que acompaña a este tipo de conciertos: chamarras de mezclilla llenas de parches, playeras negras, botas gastadas y grupos de amigos listos para reencontrarse con una de las bandas más representativas del rock mexicano. Con una entrada cercana al 75% de la capacidad del recinto, El Haragán y Compañía demostró que, después de más de tres décadas de trayectoria, sigue convocando a un público fiel que ha convertido sus canciones en parte de su propia historia.

La velada arrancó con la participación de Los Kakomistles, encargados de abrir el escenario y calentar motores para una noche cargada de nostalgia, barrio y guitarras. Su presentación ayudó a encender el ánimo del público que poco a poco terminaba de llenar la Arena CDMX, dejando claro que el rock urbano continúa encontrando nuevas generaciones que mantienen viva la escena.
Hablar de El Haragán y Compañía es hablar de una pieza fundamental del rock urbano nacional. Fundada a finales de los años ochenta por Luis Álvarez “El Haragán”, la agrupación logró abrirse camino fuera de los circuitos comerciales tradicionales, construyendo una carrera independiente basada en letras que retratan la vida cotidiana, los problemas sociales, el amor, el desamor y las historias de barrio. Temas como Mi muñequita sintética, Él no lo mató y A esa gran velocidad terminaron convirtiéndose en himnos para toda una generación.

Poco después de las 8 de la noche, las luces se apagaron y el escenario recibió a la banda entre aplausos y gritos. El concierto abrió con En algún lugar en el cielo y desde ese momento el público respondió cantando prácticamente cada verso. La energía continuó con Urbanidad y Bajando en la esquina, canciones que dejaron claro que la noche estaría dedicada a recorrer buena parte de la historia musical del grupo.
A lo largo del concierto, Luis Álvarez mantuvo esa cercanía tan característica con sus seguidores. Más allá de la música, el vocalista convirtió varios momentos del show en pequeñas conversaciones con el público, agradeciendo el apoyo que la banda ha recibido durante tantos años y recordando el camino que el rock urbano ha tenido dentro de la escena mexicana.

El setlist avanzó entre clásicos y momentos especialmente emotivos. Canciones como No estoy muerto, Basuras, En los años 30 y Alma de negro fueron coreadas con fuerza por una Arena que por momentos parecía transformarse en una enorme reunión de amigos. Uno de los segmentos más íntimos llegó durante la parte acústica del concierto, donde temas como El Haragán, El camino del corazón, Amor de cada día y Y es por eso que me voy permitieron bajar un poco la intensidad sin perder la conexión emocional con el público.
Pero si algo caracteriza a El Haragán y Compañía es esa capacidad de convertir sus conciertos en una experiencia colectiva donde cada canción parece pertenecer también a quienes la escuchan. La recta final del show elevó nuevamente la intensidad con El trabajo del hombre, Tengo un alcohólico en casa, Muchachito y A esa gran velocidad, preparando el terreno para uno de los momentos más esperados de la noche: Él no lo mató, interpretada entre miles de voces que prácticamente opacaron al propio sonido del escenario.

Más allá del repertorio, la presentación confirmó por qué El Haragán y Compañía sigue siendo una referencia indispensable dentro del rock mexicano. Su música mantiene esa esencia honesta y callejera que durante décadas ha conectado con distintas generaciones. Lo ocurrido en la Arena CDMX no fue solamente un concierto; fue una celebración de identidad, memoria y resistencia musical.
Entre luces, solos de guitarra y canciones convertidas en himnos urbanos, la noche del 17 de mayo dejó claro que el rock de barrio sigue vivo, y que El Haragán continúa siendo una de sus voces más importantes.
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